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4 jun 2017

La vida oculta de una profesora universitaria

Comenzaba la mañana, el sol había aparecido hacía poco más de media hora, el café parecía la única forma de remontar la sensación física de entumecimiento. Otra vez había incumplido mis promesas de hacer deporte el día anterior, y había pasado gran parte del día delante del ordenador. Repaso mental de la agenda del día, dos horas de clase, repasar las correcciones de un par de trabajos finales, responder las dudas de los estudiantes, corregir la actividad que entregaron hace más de una semana y que no he tenido ni tiempo de ver ni cuántas hay, a ver si me queda tiempo para analizar los datos que hemos estado recogiendo en la escuela, porque las maestras lo necesitan para la evaluación y hay que tenerlo a tiempo, y tengo que terminar la presentación de la comunicación que en pocos días nos vamos a Salamanca... Seguro que se me olvida algo.
En la lista, una vez más no estaba recoger a los niños del colegio, hacer la compra o preparar una rica cena, probablemente haya que arreglarse con una pizza un día más, ni qué decir tiene que tampoco habrá ni un minuto para correr por el parque.
Así transcurrían los días de una profesora universitaria, esta era la rutina de casi trescientos días al año,  acrecentado el agobio los periodos cuando más de cien exámenes se acumulaban para ser corregidos en la bandeja de entrada, o había que viajar a algún congreso que además ahora es conveniente que sea fuera de España, porque es el nuevo requisito que nos han marcado en las reglas de evaluación. O las semanas que hay que presentar los papeles para los concursos a proyectos, cargados de datos y balances de cuentas, que parece que las horas duran minutos y con suerte quedan tres o cuatro horas para dormir.
Eso es, lo que se ve por fuera, pero por dentro las sensaciones se confundían con una presión que la ahogaba hasta hacerle perder el aliento en ocasiones. Cada día dedicaba más tiempo a preparar las clases.
Mañana voy a preparar una sesión de aprendizaje cooperativo con los estudiantes. Tengo que buscar recursos que sean motivadores, y sobre todo que puedan acercarles a la realidad de las aulas que van a encontrarse después en el practicum, no quiero que vean a los niños como si desde un púlpito se dirigiesen a ellos, tengo que transmitirles que para enseñar hay que sacar el alma de niño que llevamos dentro para situarse siempre desde esa sensación que puede tener el que aprende. Porque enseñar matemáticas debe significar darle un poco de emoción al asunto, que muchos de estos estudiantes de magisterio vienen con unas altas dosis de ansiedad incorporadas, hay que sacar lo mejor de cada uno de ellos al tiempo que aprenden.
Las conversaciones con ella misma cada día le llevaban más tiempo de lo previsto, pero cuidar con mimo cada minuto de la clase era vital para conservar la vocación que le llevó a este lado de la docencia. Ella sabía que no era proporcional el tiempo dedicado a la preparación, pero cuando alguno de aquellos estudiantes le daba las gracias por lo que había aprendido encontraba las razones por las que aquel tiempo había merecido la pena, ¡algún día en el aula habría un buen maestro de matemáticas!. Y es que esa presión que sentía por dentro, venía justificada fundamentalmente porque aquellos procesos evaluadores a los que era sometida no tenían en cuenta si las clases estaban bien o mal, o si los estudiantes aprendían o paseaban por el aula, lo único que era fundamental era si la revista en la que se colocaba el artículo de investigación estaba en uno u otro cuartil, cuando ya de partida la distribución no era exacta en número por los cuartiles, y aún peor, con lo difícil que era que las experiencias de aula fueran valoradas en el mundo científico de las publicaciones.
Tengo que darle una vuelta a la evaluación de los estudiantes, no puede ser que el examen no refleje la realidad del aula, seguro que hay alguna forma de hacerlo. Mis compañeros me dicen que lo importante es que se corrija rápido, pero creo que eso no es proporcional a la calidad del instrumento. Voy a buscar alternativas, que seguro que probando encuentro la fórmula adecuada.
Pero otra de las trabas que vivía era la incomprensión del entorno ante este tiempo invertido, y es que muchos de sus propios compañeros le indicaban que esa dedicación no merecía la pena.
La semana que viene nos vamos de congreso, madre mía qué de gastos me esperan. Voy a ver si alguna parte puedo cubrirla con el proyecto abierto, porque en caso contrario nos toca apretarnos el cinturón en casa unos días.
Y es que los profesores universitarios son los peor pagados de los cuerpos docentes. Qué antagonismo es esto, tras mínimo cinco años de licenciatura, tres de doctorado, publicaciones con cierto prestigio y evaluaciones constantes, los incentivos son los más bajos, en un sistema educativo donde al resto de niveles no se evalúa a su profesorado.

Fuente: http://www.feteugt.es/Data/UPLOAD/PRI-firma-VII-convenio-nacional-universidades-privadas.pdf

Así transcurrían los días de aquella profesora universitaria, viendo cómo las flores se agitaban por el viento en la ventana, siendo fiel a sus instintos vocacionales que pese a sentir que a veces el río corría hacia arriba podía sentir que tenía suerte por poderse dedicar a una profesión que le llenaba el alma y le hacía sentir el corazón vivo.
Ayer fue un día emocionante, casi no podía hablar cuando subí al escenario, me dieron el premio por la gestión de recursos en el aula de didáctica de las matemáticas. Estoy muy feliz, porque se reconozca la labor docente, el corazón me late hoy con más fuerza. Pero en ese momento, no podía olvidarme de ellos, de los que están ahí siempre con un abrazo, con un ¡vamos mamá que te ayudo! o con un ¡cariño estaremos contigo hagas lo que hagas!, porque las horas que les estoy robando a la familia es aquello que nunca voy a poder pagar.

30 may 2016

Premio a la práctica docente

Cuando estás en un auditorio lleno de gente y comienza la entrega de premios, nunca piensas que será tu nombre el primero que mencionen.

Estábamos en Logroño en el IV Congreso Internacional de Tecnologías Emergentes y Sociedad (CITES) organizado por universidad donde desempeño mi labor desde hace ya casi 7 años, la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), cuando se iniciaba la entrega de premios al profesorado. Oír mi nombre tras el sencillo epígrafe de "premio a las mejores prácticas docentes en el aula", hizo que esa sencillez se transformase en un GRACIAS muy grande a todos los estudiantes que llenan mis aulas, pero no solo a los de hoy, o a los de ayer, sino a los de siempre, porque gracias a ellos me considero maestra, porque sin ellos nunca hubiese descubierto que cada día me queda mucho por aprender para luego poder enseñar.


Por alguna razón,  mientras recorría el camino hacia el escenario venían a mi cabeza las palabras de Teresa de Calcuta,

Enseñarás a volar,
pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar,
pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida.
Sin embargo…
en cada vuelo,
en cada vida,
en cada sueño,
perdurará siempre la huella
del camino enseñado.

Y eso ha sido quizá porque en las últimas semanas, algunos de los muchachos de aquellos inicios como docente, han vuelto a mi vida y han removido un poco esa vocación que a veces cuesta mantener activa completamente como la llama de la vela que titila.
No me creo más merecedora de este premio que muchos de los compañeros que me acompañaban en la sala, hay grandes docentes en las aulas y por ello, es de recibo compartir un poco de aquella mención con todos, porque un premio no es de uno, sino de varios con los que aprendo cada día a ser mejor "profe".

Pero haciendo un acto reflexivo, confieso que cada día intento ser un poco mejor que ayer, analizando mi propia práctica. Quizá sea esta una de las grandes ventajas de la formación online, que puedo ver mis clases a posteriori, al igual que las de algunos de mis compañeros, en un acto de "analizar la propia práctica para volver a la formación" (palabras de mi compañera matemática Nuria Joglar, con la que en poco tiempo, también he aprendido mucho). Valorar la propia praxis desde una perspectiva crítica y constructiva, puede ser una forma de mejorar, de incorporar recursos, de variar usos de las herramientas, de... mostrarse inquieto a cada paso en cada momento que pasas con estudiantes o a solas frente al ordenador.

Así pues no me queda más que compartir este premio, con mi familia a la que robo tantos momentos vividos, con mis estudiantes a los que debo lo que soy como docente, con mis compañeros -tanto docentes como no docentes- que deberían tener un poquito de esa mención y a la UNIR, por permitirme sentir infinitamente bien sobre aquel escenario donde el aplauso fue como un afectivo abrazo, que todos necesitamos de vez en cuando.

Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca
hay que medir, pesar, equilibrar...
... y poner todo en marcha.


Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino, un poco de pirata...
un poco de poeta...
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar mientras uno trabaja,
que esa barca, ese niño,
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia pueblos distantes, hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.
Gabriel Celaya